sábado, 31 de diciembre de 2011

Je sais pas

Para qué voy a hablar de las noches, si no conozco las noches, si en las noches aquellas éramos una marioneta rota que tenía frío y se reía ruidoso. Se reía ruidoso. Para qué voy a hablar de las noches atravesadas por focos y desvelos. Para qué si está la luz, párvula y blanca, acariciando las briznas de polvo y posándose, tibia, sobre la densidad de los cuerpos hallados.

martes, 13 de diciembre de 2011

L'andante

las notas pasan como estrellas yo noto que pasan como estrellas pasan y pesan y pisan se posan las notas en su letanía de paseante roto de paseante espejo a mí me gustaría irme con ellas a mí me gustaría ser de una especie subacuática que resbalase y resbalase hasta la suntuosidad o hasta la nada o hasta esparcirse como las notas estrellas paseante líquida
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domingo, 4 de diciembre de 2011

Reverberación (cambio de registro; cuaderno de pruebas...)

Hay alguien más aquí. Hace semanas que lo sospecho. Pero ahora lo sé.

No tiene nada que ver con antes, cuando las pisadas sobre el techo, aunque no exista ninguna vivienda encima. Las pisadas de todas las noches. O la reverberación de la voz. No. Ahora está aquí dentro.

Cuando ando por la cocina, escucho sonidos en el despacho. O si estoy en el dormitorio, se escucha a alguien en la galería. Al acudir, al lugar señalado, no hay nadie, pero queda un eco, casi imperceptible, de un calor humano o de movimientos, de una presencia que acaba de extinguirse.

No me preocupa demasiado. Está bien compartir casa. Además, a veces descubro restos de su cabello en el cuarto de baño. Tiene un pelo fuerte y oscuro.

Y es un alguien limpio.

Creo que puedo estar contenta.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

SSsshhh

... te hablo de cuando la tierra es carne, y carne hambrienta y sucede una grieta y sus hundimientos... ese abismo, ese abismo a borbotones...
... y también te hablo de algodón y burbuja y edredones de infancia... plumas... todo ese azul que es risa y flota...
... no quiero que se entienda... solo que llegue a ti este musitar inconexo... el guijarro y los círculos concéntricos que se desdibujan infinitos...

viernes, 23 de septiembre de 2011

Lluvia segura

Es mejor que no vinieses. Sino, la ingravidez, la frágil sucesión de sonidos que me iban dejando despojada de todo, no habrían sucedido.  El salto al vacío es el tránsito de una, consigo misma. Tardes filantrópicas con adverbios de tiempo, con conjunciones subordinantes para oprimirte y murmurar, qué estás haciendo, dónde queremos ir, cuál de todas es la que da nombre al rostro. Cuál de todas es la que da nombre al rostro.

Terminaron la actriz y los aplausos, y salí difuminada entre los asistentes; apenas se notó que las palabras se me hacía otra vez porosas. En la calle, respiré el aroma de una lluvia segura.

domingo, 14 de agosto de 2011

El desalojo

Los extrañamientos y su función espaciadora.

Cuando la luz se filtra, deja moléculas cristalinas a su paso. Mi filtro es menor de edad y adora las manzanas y y los vestidos blancos.

Mis certezas se escriben en cursiva; son pocas, cada vez menos. Combinan bien. La otredad se me antoja un misterio insondable. Mi soledad a veces tiene la consistencia del vaho de la ducha.

Ando hoy despiezada (de la nuca a la cadera hay un kilómetro de luz filtrada).

Hay algo en la edad adulta que es como una rozadura. Cosas que no son de verdad. Palabras que suenan como frascos vacíos. Todo tan extraño y lejano.

Con el vaho de la ducha, al menos, puedes dibujar margaritas o soles o nubes o una casa.

Y por eso el extrañamiento, y el desalojo y el despiece este, que se me lleva la carne y las ideas y los verbos. Se me lleva los verbos el desalojo.

jueves, 28 de julio de 2011

Del languidecer

0.
Ustedes se creen que languidecer es simple. Créanlo.

1.
Es necesario pasar las piernas a través de la baranda y dejar que los pies cuelguen en el vacío (más allá de las cuerdas de tender, de las pinzas que sostienen los vecinos). Es necesario mirar el horizonte como un hecho o un objeto, dotado de tacto y de matices, dotado tal vez de voz: hacerlo interlocutor.
Luego, hay que llevarse a una misma con él, por encima del vértigo, sobrevolando calles y edificios, como si esa camisa de ahí abajo echase a volar, y ascendiese y descendiese y fuese algo que no tiene nombre (porque una camisa que vuela no tiene nombre, es algo que pasa) y comprendes cuando estás sentada con las piernas a través de la baranda, y languideces o haces de sol cuando se pone, y aprendes a trazar las líneas difusas, a hablarle de tú al horizonte.

2.
Languidecer así no es simple. Ocurre que las horas a veces se derraman en el suelo y tú las pisas y llenas toda la casa, todo el salón y el pasillo de huellas. Las horas y su densidad de barrizal. Y vas a la baranda o te sientas en el suelo del cuarto de baño o te pones de pie en la encimera o confías en que esa chica del espejo se atreva a dirigirte la palabra. Tibiamente, humana, con sus desperfectos y sus días de luz.

3.
La abuela tenía razón.
Si te pones en la corriente, te puedes constipar.
Yo también tenía razón.
¡Qué vengan las corrientes de aire del verano a levantarme la falda!

martes, 26 de julio de 2011

Fragmento

(...) ¿Cómo se llama ese estado que media entre el sueño y la vigilia? Coincidirá conmigo en que es un terreno difuso, de contornos que se evaporan. A mí no me sale diferenciar qué es real y qué no lo es, y menos en esas horas que chorrean, que padecen una forma de viscosidad violenta y bella... ¿Contradictorio? No lo creo. Bien, pues le sigo contando lo que veía en esa madrugada tan porosa...

Había miniaturas de otra época que se movían en círculo. Juguetes antiguos, bailarinas, soldaditos, en granates y beis y azules opacos; todo como girando en un tiovivo y con una música extracorpórea, que te llevaba allí, más allá del levante, donde las nubes sirven para recostarse. Creo que era un vals, pero un vals contemporaneizado (un vals pasado por un filtro modernísimo que mira los objetos desde un ángulo melancólico). Y todo giraba y giraba, cada vez más rápido, cada vez con más luz, y con más éxtasis, y los juguetes caían, y los colores caían, y la cadencia se hacía ritmo, y aparecía la enajenación, y el desorden, y el delirio, y llegaba el destello, como un arrebato.


Déjeme dos líneas en blanco para respirar...


¿He logrado explicarme? ¿Usted sabe cómo se llama esa hora, entonces? ¿Esa hora en que lo real se difumina...?

martes, 12 de julio de 2011

Un señor

Tenía algo que contar. Algo sobre un señor. Un señor hermoso. Con una nariz hermosa. Un señor que parece pertenecer a la calle o a la arena o a la piel endurecida, que no sé cual es, pero la conozco. (Las pieles y sus lenguajes). Un señor que transita las calles paralelas, las adyacentes. Un señor que parece saber siempre dónde va.

Y claro, yo; yo ya casi he aprendido los misterios de la contención (miento, pero aquí vale), y sin embargo, siempre le miro. Le miro descaradamente. No le grito, pero no es necesario. Le miro como gritando. Y él sólo sonríe un poco, como con piedad. Y continúa caminando, y yo continúo caminando.

Continúo caminando también por esas calles otras, como reservadas a los que no estamos del todo aquí. Y continúo caminando y me voy girando. Y me digo: "Dile que tú también estás en esas calles descampadas. Dile que le conoces de antiguo. Dile que estás a punto de algo trascendente y verbal, que ahora sólo puede insinuarse con desorden. Dile que sabes que no todas las pieles tienen la misma gramática".

jueves, 7 de julio de 2011

Recortes estivales

1.
La siesta en esta casa es un vendaval. Los papeles vuelan. Mi falda vuela. Yo a veces también vuelo. Hay una sombra verde y un silencio de aves y de aves, y también de hojas arrastradas por los aires. Cuando me incorporo recojo algunos pétalos. Otras veces los dejo. ¿Qué más da? Los pétalos son esdrújulos y son bellos.

2.
A las nueve de la noche el cielo es rosa y violáceo, y más que cielo parece el sonido que sucede al sonido. La marca sonora que dejan unos zapatos de tacón tras su paso. Es un cielo que sostiene tu respiración. A veces no puedes creerlo y te limitas a dejar que suceda.

3.
Desde la ventana, un puñadito de pájaros se desordena azul. Parecen restos de papel quemado que ascienden y descienden, llevados por el humo. La vibración del sol los difumina. Pájaros, papel quemado, el imposible azul de la mañana.

viernes, 24 de junio de 2011

Te inventas una memoria rural.

Quiero decir junco y quiero decir naranjo.
Y quiero decir acequia, sedimentos, sendero y sol.
Digo muslo, y carne, y más sol, y pecho, y sudor.
Digo aliento. Aperturas. Entreabrir.
Digo violencia, digo fluido, digo torrentes y torrentes.

Barro.

Y manos que arañan la tierra. Y una torpeza ruda. Y el síncope del mediodía o de la media siesta. Y digo cabello, cabello desordenado, descompasado. Los ojos que se ciegan con el sol caliente y blanco. La boca y su parálisis. El cuello que se curva. Y el placer, que se parece al dolor en sus gestos.

El paisaje ha quedado detenido.
Una nube mínima y redonda atraviesa la escena.
No me importa qué pasa después.

domingo, 19 de junio de 2011

Brotar. Ser alarido.

Comenzaba en el suelo, en la tierra, semiatrapada en la cobertura de las formas. Con los primeros acordes, aparecían los movimiento rotatorios y circulares. Una pierna. Una pierna comenzaba la fuga de la disciplina de las rectas. Surgía, entre convulsiones, desprendida y acompasada por los demás miembros del cuerpo. (En el segundo tempo, yo ya había desaparecido). La otra pierna brotaba violentamente hacia el cielo, y el tronco y los brazos buscaban ascender como en busca de la luz, de una luz debilitada o perdida no se sabe cuándo. Ansiaban salir de los cuadrados, el cuerpo y sus partes.

(Los cuadrados ahogan. Los cuadrados quisieron matarme. Y aprendí a ser una espiral que se disfrazaba con ángulos rectos).

(La matemática prevé el caos. La matemática hace cosas hermosas y hace cosas violentas. Yo no puedo explicar lo que sólo sé desde la región límbica).

En la verticalidad, en la atmósfera de esta soledad, en estas paredes, el cuerpo es una burbuja que se mueve libre, que danza libre, que describe formas más bellas que las formas que se pueden nombrar. A veces el cuerpo es una rosa. Otras veces, el cuerpo es un alarido. Las cantatas religiosas como fuente de concupiscencia. Es así, no puede ser de otra manera en estas coordenadas. El cuerpo, la carne, el movimiento, el aire, la densidad, el éxtasis, la virulencia del éxtasis. Los labios, entreabiertos, como detenidos en un suspiro, dibujando la curvatura que trazan los anhelos.

miércoles, 8 de junio de 2011

Yo tenía un body

Yo tenía un body que era de mi madre.
Era un body negro, de licra y con encajes negros.
Yo tenía un body que era de mi madre y cuando lo vestía, los labios se me hacía rojos de saliva y misterios, y tenía una sed que era otra.

Tenía una sed desconocida, pero bebía agua, agua bien fría, porque el agua siempre me ha hecho feliz y bonita.
Pero la sed seguía, esa otra sed, de cuando vestía el body que era de mi madre.
Esa sed de plata y quemadero. Esa sed que tenían los mayores cuando se cerraban las puertas. Cuando cerraban las puertas, la sed de los mayores, que era negra y de licra y con encajes negros.

Y la sed o el body - ya no sé bien - te hacía los labios rojos y terruños, y te hacía musitar, sssssshhhhhhh, sssssssssshhhhhhh. Y casi te hacía ser un gemido obsceno, pero tú no sabías que era era eso de gemir ni que era eso de obsceno, así que bebías agua, agua bien fría, y te mirabas al espejo el body y la sed y los labios, y pasaban cosas que no tenían nombre.

domingo, 5 de junio de 2011

Rostro

A veces pasea por la calle con la certeza de que su rostro es otro y de que no puede ser reconocida. Su rostro es diferente del de la semana pasada, porque durante aquella semana, el cielo estaba gris y ella estaba apesadumbrada de hormonas y humedales solitarios; en cambio esta semana los cielos son mucho más nítidos y ha aprendido nombres de nuevas plantas. ¿Cómo va a ser su rostro el mismo? ¿Cómo podría reconocerle el señor que vende la prensa o la mujer de la panadería (donde compra un pan delicioso con semillas y pipas y semillas y pipas hasta que se acaba)? Ni siquiera ella, cuando se mira al espejo, piensa que es la misma que se lavaba los dientes por la noche. Hay líneas que se van modificando. Sombras, o apariencias de sombras. Incluso gestos nuevos, de reciente creación. Hoy por ejemplo, la ducha tenía la magnitud del césped cuando es cortado a las siete de la tarde, y su perfume, las moléculas de su perfumen, vagan por las fosas nasales de todos los transeúntes. Bien, pues eso, ¿cómo iba a ser su rostro el mismo después de esa ducha? Siendo esto así, cada lugar donde acude lo hace como si fuese la primera vez en su vida. Vuelve a empezar y le gusta.

Hay, sin embargo, una cuestión que le inquieta constantemente: si ella no es capaz de reconocerse plenamente cuando está delante del espejo, ¿cómo la identifican sus progenitores o su hermana o sus amigos? O más grave aún, ¿cómo puede tener amigos si su rostro muta y muta y muta a cada vivencia?

jueves, 2 de junio de 2011

Sonidos

[El ruido de las moléculas. Su susurro. El crujir de la materia. Todo está sucediendo, como una melodía que no llega a agotarse. El ruido molecular, todas las vidas haciéndose. Tus ideas, las moléculas de tus ideas, entrelazándose, las unas con las otras, formando una cadena de raíces, anudadas, enredadas. -Mas allá de allí, tal vez esté el aleph. La contemplación del todo. La absoluta conciencia-. Los acordes del silencio no cumplen patrones estables; nacen de la fusión nerviosa de todos los compuestos].

Me tumbo en el parquet. Intento imaginar las entrañas de la madera.
¿Cuándo la luz entra, así, tangencialmente, y se deja caer sobre el sofá, la mesa, mis propias piernas... estará sonando? ¿Puedo escuchar esta luz?

Pasa esto.
Vibro como una cuerda de guitarra metálica, en una ondulación sin fin.

sábado, 28 de mayo de 2011

No le debía ningún tipo de explicación, pero entienda esto

Estaba convencida de que usted era la primavera. Lo creía firmemente. Me confundió la manera que tenía de proyectar su sombra. La constelación de lunares que albergaba su espalda. Los geranios en flor de los balcones. Eso era usted. Y era violento porque yo me olvidaba de todo. Me olvidaba a veces de latir o de respirar, y sólo murmuraba cosuchas de abril encendido.

Con el caudal del sol, al poco, aprendí que también podía ser verano y sus tardes detenidas y su humedad costera y los vahídos. (Me apoyo en la pared, estoy mareada, hay algunas notas que no encajan). Los aires de septiembre le hicieron ocre y salieron, empezaron a brotar sus miserias de usted, sus miserias marrones, que fueran también miserias mías. Que no quise verlas ya lo sabe. Que está bien el primer jersey de detrás de agosto, pero no los torrentes de lluvia y de gris, y de frío. De frío medular. De un frío que te deja la boca mustia y el cuerpo breve. ¿Sabe? Todo aquello fue la oquedad. Conocer la oquedad y el frío. La humedad que se filtra poro a poro en tu columna. Había llegado el invierno y sus pautas. Yo lo imaginaba hermoso. Imaginaba una rutina de flores en el baño. (Déjeme que sean flores blancas...).

En fin. Ya está.

Usted podía ser la primavera, pero era más un invierno que yo no quise ver ni podía transitar, y me estaba dejando sequita de mí, sin florecer, sin volar a las siete de la tarde. Por eso me fui, a buscar primaveras. A hacer palabras. A pasear sobre los pétalos violetas.

domingo, 22 de mayo de 2011

Error de cálculo

Hoy he vuelto a pensar en él. Y él nunca ha existido. Pero he vuelto a pensarlo. Él y su aliento de plata. Él y su piel con el verano encendido. He creído que tal vez, si me escucha pensarle, venga y vuelva a arrasarme y hacerse ola y musgo, y a treparme, y a llevarme a ese terreno liminar que ahora sólo me viene en sueños y que me deja la garganta seca.

He pensado en él. No dejo de repetir que nunca existió. Ni él, ni su burda manera de pronunciar. Ni su risa de niño. De niño tonto. No existió nada de eso. Y tampoco yo claudiqué a la urgencia de lo táctil. No fui pájaro viento tibieza.

El algodón de las sábanas. Los pies que intentan buscar el aire. Todos los lenguajes epidérmicos.
He pensado en él por un error de cálculo. Me pudo la siesta. El letargo de las cuatro. La irrealidad que se cristaliza en la frontera de lo onírico y lo que es (que es menos, a veces). Y vino él, y su canto, y su sombra, y todo lo que yo he podido inventar, al ir caer de los días.

Él nunca ha existido. Yo soy una sombra.

jueves, 19 de mayo de 2011

Voy a explicarte algo

Voy a explicarte algo.

Se trata de unos labios. También podría ser una manera de sentarse, una manera de estar en la vida. Llámalo como quieras. Pero son unos labios que no se acaban nunca.

Los vi en una película. Y tenían un dueño, y tenían un ser que los sustentaba (que podía decir "mis labios" y referirse a ellos como propios). Era un personaje desbocado, polimórfico. Todo su ser podía representarse en esa boca. No tenía límites; trascendía todas las fronteras. Carecía de un perfil para delimitar, para acotar. No. Se desbordaba. Desbordaba la forma. Era una boca borrosa, con márgenes que oscilaban entre la buena y la mala educación, lo bello, lo grotesco,... Un error de imprecisión que convertía esos labios, plagados de resquicios, en un hecho sublime.

Algunas cosas deben ser así. O a mí me lo parece.
Ya te lo he dicho antes: es sólo una manera. De sentarse o de estar en la vida.

domingo, 15 de mayo de 2011

Hormigas (extrañamiento)

Quedo dormida y noto como se desdibuja mi pierna: desde el tobillo, corrigiendo el gemelo, acampada en la cuenca trasera de la rodilla y hasta el muslo, o más allá del muslo, un hilera de hormigas. Una hilera de hormigas me recorre, entre cosquillas, caricias ajenas que quizá, no sé, podrían llegar a gustarme, en la zozobra.
Me dejo. Me dejo hacer un poco. Quiero saber qué pasa.
La fila conquista la cadera: perfila la redondez de escafandra de las nalgas, desciende a la cintura, como si se tratase de un cabo. Una pequeña expedición reconoce el ombligo y sus llanuras. Hacía mucho tiempo que no era retratada. Y mientras pienso, noto el ascenso al costillar, el vértice del pecho, estación en la axila. (Cierro los ojos y suspiro. No soy yo, no son ellas; es la piel y sus hambres). Desde allí se organiza excursión a la palma de la mano, con descenso por el brazo profundo que se eriza. Continúo. Me gusta este abandono extraño que hoy me he concedido.
La hilera minimiza los ángulos de los hombros; las clavículas son finas hendiduras en sus patas; y luego el cuello. Esta región debería señalizar sus riesgos: sospecho que la electricidad se inventó en el cuello de una mujer encendida. Un escalofrío desmonta la alineación de hormigas. Todo se desordena en una marisma de patas y de negro. He de abrir los ojos y salir.
Una lástima. Estaba siendo hermoso ser tan bella...

sábado, 14 de mayo de 2011

Satie

No puedo fotografiar esto que pasa. Ni siquiera sé darle un nombre exacto. Hablo de la bruma primera del día, donde la forma aún no resulta definitiva, y queda una especie de musitar que acaba de abandonar la noche. Ese musitar pequeño no puede ser retratado plenamente más que como una marisma de luz y de tactos.
Y más ahora. Y más hoy.
El azul no es azul, y el sol no es sol. Todo ocurrirá como sucede cada día, y el azul será azul, y el sol será sol, pero aquí, en esta bruma, de aves y bostezos, todo está por realizarse.
Y así, es un poco imposible de detener en un retrato, porque se va filtrando con los hechos.
Y así, también, es un poco perfecto.

jueves, 12 de mayo de 2011

Naderías

En la entrada de mi casa, crece una humedad. Unos pasos más allá, una grieta. Los objetos hablan un curioso lenguaje de metáforas y símbolos. La grieta es el descampado de mis sueños que florece en primavera, salvaje, zafio, incapaz de ser domesticado. Me gusta esa grieta de luz que viene con marzo y los soles templados; esa grieta que me hace volver a la turgencia, a cuando no interpretábamos ni los gestos, ni las palabras, ni a nosotros mismos. Y luego está la humedad. Que será reparada. Que será solventada. Pronto, sí. Pero que recorre los días desconchando la pintura y la forma. Que es también un poco llaga cubierta de nube o de algodón. Y que es incómoda. Y por eso me gusta. Porque está viva y grita y parece que hasta tiene sabor.

domingo, 8 de mayo de 2011

Sabidurías

Sé pocas cosas.
Casi todo lo importante que conozco, sucedió antes de los quince años. Antes incluso de los diez.

Hablo, por ejemplo, de los tejidos y del tacto. De la epidermis abierta al sol y la chaqueta que te cubre cuando comienza a caer la tarde. Hablo de las sandalias y de quién sabe qué corrientes te transitan los pies. O de los pijamas que te amasan las articulaciones. Hablo de eso. De los cuerpos vivificados al saberse siendo.

Sé alguna cosa más. Sé de vasos de agua. Sé que hay acordes pensados para la nostalgia. Tengo vagas nociones de los afectos. Y alguna cosa más. Poca cosa más.

sábado, 7 de mayo de 2011

Silencio

No sé qué hora es, ni me apetece saberlo.
Si conocieses el silencio de esta casa, sabrías de esa textura emotiva de las camisetas cien por cien de algodón de que te hablo. Esa textura que es un viaje a los abriles de los ocho años, y a esos colores absolutos.
Y es que este silencio, no es sólo mansedumbre. Ocurre en ocasiones que una ristra de gorriones saluda al día desde la baranda; otras veces, los vecinos hacen de sus vidas sonidos. Muchas veces se escucha el susurro de la materia. Sus entrañas. Las tuyas propias. Eso, silencio y materia. Y tú, ahí, deleitada, serena. Víctima del tránsito de la luz y de los tiempos, microscópica y eterna.
¿Puedes entender este silencio vivo? ¿Esa paz, que no es paz, sino más bien sólo una pausa? ¿Esos segundos robados al vértigo de la vida moderna y su motor petróleo?
De eso se trata.
Una mañana imprecisa y sin hora, cielo nácar, despertarás a este silencio de curvas y pasiones pequeñas, y comprenderás mejor mi manera de susurrarte la mano por la espalda.

jueves, 5 de mayo de 2011

No sé, quizá fue mayo. Quizá sólo el amarillo.

Invento cosas con la precaución de que no sirvan para nada. Situaciones, diálogos. Construyo palabras de morfemas imposibles y dejo que me envista el juego. Así es más fácil, cuando la proclama es lo inservible, cuando el reclamo es fútil. Nada se puede esperar, y sin embargo, todo.

Por ejemplo, te recoges la nuca en una cola para que mayo te entre por el cuello. Vas a amarte, porque es mayo, porque estás enferma de mayo y de su cólera azul, y de su sol y azufre. En el coche aprendes que la rumba nace de una región calamitosa, que te sale de dentro, y electrocuta. Te dejas ceder a la sordidez del ritmo. Llegas, y una multitud sin individuos, se mueve blandamente. Te sientas y eres la señora negramente vestida, que mira desde el banco. Aparece él. Él, que mira viejamente, como siempre, sí. Mira vieja, sórdidamente. Y hoy da igual. He visto en las mimosas, mi piel encarnizada. En las mimosas, sus ojos y su verbo, amarillo y caliente. "Hazlo ya", le ordeno. Él saca de una bolsa marrón su cámara de retratar muchachas, los jueves a la una. Me descubro el hombro, y vuelo a soltar el pelo. Mientras miro, el infinito, sus mimosas y mayo, suena el click.
No era tan difícil.

domingo, 1 de mayo de 2011

Partirse. Humedad.

No pasa nada por partirse un poco.
De vez en cuando ocurre. Te partes.
Sabes que algo (un hecho, una persona, un suceso absolutamente intrascendente para el devenir de la historia) se ha quebrado dentro de ti, en una especie de habitáculo de cristal donde se acumulan nostalgias y emociones y miserias y sueños, propios, ajenos, aprendidos, inventados. Ese pequeño habitáculo se disecciona.
La reacción física es de encogimiento: los órganos se aprietan. Tú te aprietas. Realizas un viaje en el tiempo que te hace anhelar la sensación de seguridad que podían darte tus padres sólo con un abrazo. Cuanto más hablas, es peor, porque no son cosas de hablar. No son cosas de ordenar con sujeto-verbo-objeto. Te estás partiendo y sólo vale el balbuceo y el lenguaje emocional, el lenguaje que trasciende el orden, que reinventa el orden para poder decir, lo que si dices ordinariamente, ofendes.
Por eso, te partes. No pasa nada. Sólo era ese pequeño habitáculo que sangra un poco de agua, o de lloro. Es la miseria de siempre. La conoces. Sabes su olor. No pasa nada por partirse un poco. O tal vez sí, porque ya son muchas las veces y cansa y se hace tedioso. De partirse tanto, puede una terminar convirtiendo su ironía en cinismo, y morirse de asco.
No, pero eso no va a pasar. Las gentes no mueren de asco. Se parten y se recogen. Quedan trizas. Quedan las humedades que dejan los líquidos o los lloros. Las humedades de partirse. Todos conocemos ese olor. Sí. Terminas oliendo como los disfraces del baúl cuando los recuperasteis en aquella inundación. Tú olerás así, con los años. Olerás a la humedad filtrada de algo que se ha roto, se ha limpiado, pero ha permanecido como partícula adherido a tus interioridades sin nombre, a tus habitáculos de cristal, que de vez en cuando, se parten.

sábado, 30 de abril de 2011

Restos de un sueño, narrativizado

Una fisura ha filtrado retazos de los sueños de ayer noche.
Era México o cualquier país de calles de tierra y polvo. Ocurría de noche, en un suburbio, entre callejones oscuros y casas inacabadas. Caminaba. Caminaba deprisa. No iba sola, creo que tenía un niño en brazos que era algo mío: hermano, sobrino, hijo. No lo recuerdo, pero me asustaba: debía protegerlo y yo no era capaz de protegerme a mí misma. Recorría callejas y subía escalones sin baranda, y aparecía en una encrucijada. En todo el camino había ojos que me observaban, que miraban agazapados en la sombra. Intuían mi miedo, como yo sabía el suyo. Todos éramos animales acobardados en la noche. Pero había llegado a la encrucijada con más polvos y sombras, y matorrales secos. Había una pareja de hombres uniformados. Yo desconfiaba de ellos, pero se acercaron y me preguntaron dónde iba. Les explicaba no sé bien qué. Hablaba y me esforzaba en no ser yo: se podía ver que necesitaba ayuda, pero mi vulnerabilidad debía disimularla. Bromeaban y me indicaban el destino que debía coger. Les daba las gracias. Sonreía. Les volvía a dar las gracias. Decía algo así como que era de fuera, gracias, no conozco bien esto, gracias. Me dirigía hacia allí. Ellos permanecían mirándome. Poco a poco, sólo eran ojos, lejanos, que observaban.

lunes, 18 de abril de 2011

Hotel de papel

Dormir en un hotel de papel. Un hotel de tránsito. Vacío. Lleno de una enorme NO-personalidad. Cuadros desgastados en oferta. Gentes más de paso que las gentes de paso. Dormir en ese hotel de conglomerado y colcha endurecida. No está sucio, sin embargo, todo parece turbio, como pasado por un filtro de cuarenta años atrás, pero desprovisto del encanto vintage. Es turbador.
Pues bien. Dormir allí. Fantasear con dormir allí mientras recorres la autovía. Gozar la fantasía de un anonimato anodino y denso. Un anonimato algo culpable. Casi de mal gusto.