domingo, 23 de diciembre de 2012

Buzo (un relato)


El hombre de la escafandra tiene las manos grandes. Grandes y fuertes de limpiar los cascotes de los barcos. Los barcos y la fauna y la flora y los secretos de los territorios subacuáticos. “Es otro mundo, es el paisaje abisal”. Me dice algo así. “Todos terminamos un poco locos por la falta de oxígeno. Y todos somos un poco piratas”. Lo dice sin soltarme mi mano infinitesimal que se pierde en la suya.

Mientras recorríamos el planeta submarino, el bosque que queda en las inmediaciones y el paisaje montañoso, el suelo del dormitorio se ha llenado de algas y corales. Y a mí empieza a faltarme el aire. “Si salgo de aquí antes de que suba la marea, todavía podré alcanzar la orilla con facilidad”.

Así que suelto la mano de sal y de rocas del hombre de la escafandra y llego nadando a la tierra de los seres verticales. Desde alta mar se despide y su mano ahora no es más que un punto. Un segundo después, se deja tragar por las olas y las aguas saladas.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Disolución

Cada mañana
me extirpo de mí a mí.

Por eso voy dando tumbos.
¿Cómo no?

No sé quién seré
de aquí a dos meses.

Mis versiones precedentes
siguieron su rumbo.
No sé dónde paran,
qué habrá sido de ellas.

Me gusta pensar que todas
quedaremos obsoletas.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Fuera

Estábamos en el dormitorio. Estaba oscureciendo.
Podían ser las siete de la tarde o podían ser las nueve,
o fuera,
quizá, tal vez,
el mundo había desaparecido.
Fumábamos desnudos dentro de la cama
y a mí me parecía que de tanto sentir,
se me iba a partir algo:
el corazón o los neurotransmisores
o cualquier forma de quietud
que me quedase.
De manera que le acariciaba la esquina del hombro,
las desembocaduras de los brazos,
el perfil del rostro que me daba,
haciendo que mis dedos fuesen
el sonido itinerante
que me concedía el lujo
de no romperme.

domingo, 28 de octubre de 2012

El loco


Este camino invertebrado tiene forma de pantano. Tiene forma de infinito. Camino y soy los matojos que me arañan, y camino y me crece encima el aroma de la periferia. Mi ciudad, mi casa, las afueras.

A veces me dejo caer sobre la tierra: soy la caja de resonancia de su latido. Me explica que las montañas son mujeres tendidas y encrespadas. Vaya, le digo. Y me reverbera dentro. Entonces caigo dormido, ya he hecho suficiente por hoy.

En otros a veces dibujo las líneas maestras de mi dormitorio sobre la tierra – todos esos ellos están tan lejos- y tengo una cama y tengo un pupitre y tengo una silla y un armario y un arcón. Es muy importante tener un arcón. En él guardo los tesoros: piedras triangulares, azulejos rotos. En mi dormitorio dibujado hay un espejo y una pila. Hago como si tuviese una rutina: me lavo los dientes, me lavo la cara, reflexiono sentado sobre la cama… son mis mejores formas de higiene.

Pero no, en otros a veces no, en otros a veces corro o hablo o escupo. Me siento en una ladera y miro de lejos el perfil de la ciudad y los restos que tienen las luces de los ellos. Se podría decir que están ardiendo. Se podría decir que también están fuera aunque estén dentro. Qué complicado. Respiro y vuelvo a dormirme. Ya he hecho suficiente por hoy. 

(Texto escrito para un proyecto de escritura ideado por Laura Boj www.taratela.com)

sábado, 22 de septiembre de 2012

Casi todas las veces

Huyo hacia la noche. Desde la luz hacia la noche, por la carretera, para escarbar la oscuridad que ocultan las montañas rojas de lenguas rojas y brechas rojas, donde el auxilio tiene forma de postes de la luz y cables infinitos que vertebran las demás colinas que se nos escapan.

Así que, huyo hacia la noche, sacándome de mí, abriendo las costuras del duermevela. Unas horas antes, cuando el destemple, una voz de rigor baboso se me ha posado en la espalda y ha ascendido hasta el cuello. Me he quedado en el pavor y en el asco y en la excitación y en la electricidad, hasta que se ha desvanecido y he intentado entender qué hacía mi cuerpo con todo eso. Y también he intentado entender si hacía frío o hacía calor.

Pero eso fue unas horas antes de unas horas después, cuando salgo a la intemperie y digo en voz alta "intemperie" y también me digo que la noche no sería una tragedia si permaneciese así, callada, y si yo no corriese o si yo fuese inmune. Entonces subo al coche, y huyo hacia la noche y creo, creo intensamente, que podría partirme o que podría caérseme el día encima, incluso podría salírseme el día desde dentro, pero corro hacia la noche, otra vez, casi todas las veces.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Dentro del organismo

Los herpes perviven dentro del organismo. De vez en cuando, vete tú a saber por qué, rebrotan y se ponen a arder por varios días.

J. pervive dentro de mi organismo. Con las ventiscas, las lluvias de rocas o los puñados de arena, el cloro, la sal, la hierba fresca, todo el sexo con alas, septiembre, la intuición de septiembre, la muerte siempre... entonces, digo, con todas esas cosas y más, J, que vive residual en mi organismo, rebrota y se me hace cuerpo.

[Como los herpes,
como los fuegos,
su recuerdo es
una quemazón que intento bordear con
el ápice de la lengua].

Hace como once vidas que creí que me había curado de este molesto herpes que aparece justo en el centro de mi labio superior, que justito me enferma la raíz de los besos y proclama o el comienzo de un ciclo o la precariedad de las estancias o alguna pena que me ha mordido el hígado. A veces me vienen las penas como puñaditos de aves lanzadas y níveas. Me vienen las penas y me vienen los fuegos y me viene septiembre y me vienen los muertos. Entonces, J., allí, más allá de once vidas atrás, con la forma convulsa de las cartas y de todas fugas.

Y al cabo de unos siete días, aproximadamente, se me duerme otra vez.