Estaba convencida de que usted era la primavera. Lo creía firmemente. Me confundió la manera que tenía de proyectar su sombra. La constelación de lunares que albergaba su espalda. Los geranios en flor de los balcones. Eso era usted. Y era violento porque yo me olvidaba de todo. Me olvidaba a veces de latir o de respirar, y sólo murmuraba cosuchas de abril encendido.
Con el caudal del sol, al poco, aprendí que también podía ser verano y sus tardes detenidas y su humedad costera y los vahídos. (Me apoyo en la pared, estoy mareada, hay algunas notas que no encajan). Los aires de septiembre le hicieron ocre y salieron, empezaron a brotar sus miserias de usted, sus miserias marrones, que fueran también miserias mías. Que no quise verlas ya lo sabe. Que está bien el primer jersey de detrás de agosto, pero no los torrentes de lluvia y de gris, y de frío. De frío medular. De un frío que te deja la boca mustia y el cuerpo breve. ¿Sabe? Todo aquello fue la oquedad. Conocer la oquedad y el frío. La humedad que se filtra poro a poro en tu columna. Había llegado el invierno y sus pautas. Yo lo imaginaba hermoso. Imaginaba una rutina de flores en el baño. (Déjeme que sean flores blancas...).
En fin. Ya está.
Usted podía ser la primavera, pero era más un invierno que yo no quise ver ni podía transitar, y me estaba dejando sequita de mí, sin florecer, sin volar a las siete de la tarde. Por eso me fui, a buscar primaveras. A hacer palabras. A pasear sobre los pétalos violetas.
sábado, 28 de mayo de 2011
domingo, 22 de mayo de 2011
Error de cálculo
Hoy he vuelto a pensar en él. Y él nunca ha existido. Pero he vuelto a pensarlo. Él y su aliento de plata. Él y su piel con el verano encendido. He creído que tal vez, si me escucha pensarle, venga y vuelva a arrasarme y hacerse ola y musgo, y a treparme, y a llevarme a ese terreno liminar que ahora sólo me viene en sueños y que me deja la garganta seca.
He pensado en él. No dejo de repetir que nunca existió. Ni él, ni su burda manera de pronunciar. Ni su risa de niño. De niño tonto. No existió nada de eso. Y tampoco yo claudiqué a la urgencia de lo táctil. No fui pájaro viento tibieza.
El algodón de las sábanas. Los pies que intentan buscar el aire. Todos los lenguajes epidérmicos.
He pensado en él por un error de cálculo. Me pudo la siesta. El letargo de las cuatro. La irrealidad que se cristaliza en la frontera de lo onírico y lo que es (que es menos, a veces). Y vino él, y su canto, y su sombra, y todo lo que yo he podido inventar, al ir caer de los días.
Él nunca ha existido. Yo soy una sombra.
He pensado en él. No dejo de repetir que nunca existió. Ni él, ni su burda manera de pronunciar. Ni su risa de niño. De niño tonto. No existió nada de eso. Y tampoco yo claudiqué a la urgencia de lo táctil. No fui pájaro viento tibieza.
El algodón de las sábanas. Los pies que intentan buscar el aire. Todos los lenguajes epidérmicos.
He pensado en él por un error de cálculo. Me pudo la siesta. El letargo de las cuatro. La irrealidad que se cristaliza en la frontera de lo onírico y lo que es (que es menos, a veces). Y vino él, y su canto, y su sombra, y todo lo que yo he podido inventar, al ir caer de los días.
Él nunca ha existido. Yo soy una sombra.
jueves, 19 de mayo de 2011
Voy a explicarte algo
Voy a explicarte algo.
Se trata de unos labios. También podría ser una manera de sentarse, una manera de estar en la vida. Llámalo como quieras. Pero son unos labios que no se acaban nunca.
Los vi en una película. Y tenían un dueño, y tenían un ser que los sustentaba (que podía decir "mis labios" y referirse a ellos como propios). Era un personaje desbocado, polimórfico. Todo su ser podía representarse en esa boca. No tenía límites; trascendía todas las fronteras. Carecía de un perfil para delimitar, para acotar. No. Se desbordaba. Desbordaba la forma. Era una boca borrosa, con márgenes que oscilaban entre la buena y la mala educación, lo bello, lo grotesco,... Un error de imprecisión que convertía esos labios, plagados de resquicios, en un hecho sublime.
Algunas cosas deben ser así. O a mí me lo parece.
Ya te lo he dicho antes: es sólo una manera. De sentarse o de estar en la vida.
Se trata de unos labios. También podría ser una manera de sentarse, una manera de estar en la vida. Llámalo como quieras. Pero son unos labios que no se acaban nunca.
Los vi en una película. Y tenían un dueño, y tenían un ser que los sustentaba (que podía decir "mis labios" y referirse a ellos como propios). Era un personaje desbocado, polimórfico. Todo su ser podía representarse en esa boca. No tenía límites; trascendía todas las fronteras. Carecía de un perfil para delimitar, para acotar. No. Se desbordaba. Desbordaba la forma. Era una boca borrosa, con márgenes que oscilaban entre la buena y la mala educación, lo bello, lo grotesco,... Un error de imprecisión que convertía esos labios, plagados de resquicios, en un hecho sublime.
Algunas cosas deben ser así. O a mí me lo parece.
Ya te lo he dicho antes: es sólo una manera. De sentarse o de estar en la vida.
domingo, 15 de mayo de 2011
Hormigas (extrañamiento)
Quedo dormida y noto como se desdibuja mi pierna: desde el tobillo, corrigiendo el gemelo, acampada en la cuenca trasera de la rodilla y hasta el muslo, o más allá del muslo, un hilera de hormigas. Una hilera de hormigas me recorre, entre cosquillas, caricias ajenas que quizá, no sé, podrían llegar a gustarme, en la zozobra.
Me dejo. Me dejo hacer un poco. Quiero saber qué pasa.
La fila conquista la cadera: perfila la redondez de escafandra de las nalgas, desciende a la cintura, como si se tratase de un cabo. Una pequeña expedición reconoce el ombligo y sus llanuras. Hacía mucho tiempo que no era retratada. Y mientras pienso, noto el ascenso al costillar, el vértice del pecho, estación en la axila. (Cierro los ojos y suspiro. No soy yo, no son ellas; es la piel y sus hambres). Desde allí se organiza excursión a la palma de la mano, con descenso por el brazo profundo que se eriza. Continúo. Me gusta este abandono extraño que hoy me he concedido.
La hilera minimiza los ángulos de los hombros; las clavículas son finas hendiduras en sus patas; y luego el cuello. Esta región debería señalizar sus riesgos: sospecho que la electricidad se inventó en el cuello de una mujer encendida. Un escalofrío desmonta la alineación de hormigas. Todo se desordena en una marisma de patas y de negro. He de abrir los ojos y salir.
Una lástima. Estaba siendo hermoso ser tan bella...
Me dejo. Me dejo hacer un poco. Quiero saber qué pasa.
La fila conquista la cadera: perfila la redondez de escafandra de las nalgas, desciende a la cintura, como si se tratase de un cabo. Una pequeña expedición reconoce el ombligo y sus llanuras. Hacía mucho tiempo que no era retratada. Y mientras pienso, noto el ascenso al costillar, el vértice del pecho, estación en la axila. (Cierro los ojos y suspiro. No soy yo, no son ellas; es la piel y sus hambres). Desde allí se organiza excursión a la palma de la mano, con descenso por el brazo profundo que se eriza. Continúo. Me gusta este abandono extraño que hoy me he concedido.
La hilera minimiza los ángulos de los hombros; las clavículas son finas hendiduras en sus patas; y luego el cuello. Esta región debería señalizar sus riesgos: sospecho que la electricidad se inventó en el cuello de una mujer encendida. Un escalofrío desmonta la alineación de hormigas. Todo se desordena en una marisma de patas y de negro. He de abrir los ojos y salir.
Una lástima. Estaba siendo hermoso ser tan bella...
sábado, 14 de mayo de 2011
Satie
No puedo fotografiar esto que pasa. Ni siquiera sé darle un nombre exacto. Hablo de la bruma primera del día, donde la forma aún no resulta definitiva, y queda una especie de musitar que acaba de abandonar la noche. Ese musitar pequeño no puede ser retratado plenamente más que como una marisma de luz y de tactos.
Y más ahora. Y más hoy.
El azul no es azul, y el sol no es sol. Todo ocurrirá como sucede cada día, y el azul será azul, y el sol será sol, pero aquí, en esta bruma, de aves y bostezos, todo está por realizarse.
Y así, es un poco imposible de detener en un retrato, porque se va filtrando con los hechos.
Y así, también, es un poco perfecto.
Y más ahora. Y más hoy.
El azul no es azul, y el sol no es sol. Todo ocurrirá como sucede cada día, y el azul será azul, y el sol será sol, pero aquí, en esta bruma, de aves y bostezos, todo está por realizarse.
Y así, es un poco imposible de detener en un retrato, porque se va filtrando con los hechos.
Y así, también, es un poco perfecto.
jueves, 12 de mayo de 2011
Naderías
En la entrada de mi casa, crece una humedad. Unos pasos más allá, una grieta. Los objetos hablan un curioso lenguaje de metáforas y símbolos. La grieta es el descampado de mis sueños que florece en primavera, salvaje, zafio, incapaz de ser domesticado. Me gusta esa grieta de luz que viene con marzo y los soles templados; esa grieta que me hace volver a la turgencia, a cuando no interpretábamos ni los gestos, ni las palabras, ni a nosotros mismos. Y luego está la humedad. Que será reparada. Que será solventada. Pronto, sí. Pero que recorre los días desconchando la pintura y la forma. Que es también un poco llaga cubierta de nube o de algodón. Y que es incómoda. Y por eso me gusta. Porque está viva y grita y parece que hasta tiene sabor.
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