sábado, 6 de diciembre de 2014

Volver


Tengo mi disco duro lleno de textos que escribo y a los que no pongo fecha. El pasado es una cosa ancha que se va acumulando. Papá ayer coincidió conmigo cuando le dije que una vida contiene muchas vidas; acabábamos de pasar por la casa que era de mis abuelos y los dos nos dimos cuenta de que ese tiempo-lugar (cronotopo) ya no nos pertenecía, pero a la vez, ese tiempo-lugar (cronotopo) nos sobrevivía dentro. Mi abuelo murió. Mi tío murió. Mi abuela es la siguiente al recuerdo de mi abuela, y es otra desde que ellos no están. Recordé el parqué; cómo mi hermana y yo nos tumbábamos en ese suelo que siempre estaba caliente. En esa casa nunca hacía frío. A veces hacía tanto calor que las mejillas se nos encendían y nos quedábamos en camiseta de interior. Alejandra y yo nos tumbábamos en el suelo y cogíamos cada una a mi tío por un tobillo y le pedíamos que nos arrastrase a lo largo del pasillo, y gritábamos de felicidad. También estaba el olor a pan tostado de la cocina. Y las pastillas de levadura de cerveza del abuelo. Las vitrinas con suvenires de los viajes y unas bandejas con fotos de desayunos ingleses. Había un sofá al que accedíamos por el reposacabezas. Le dije a mi padre que a veces me parece que se puede volver. Que todo esto de la "adultez" y todos los añadidos que la acompañan, han sido entretenidos; una obra aplaudible, pero al final una ficción menor. Que la verdad era esa, que lo demuestra la inmensidad de esos recuerdos, su duración de eco estertóreo en las adentruras de mi cuerpo-memoria-universo. Le dije que creía que se podía volver, que echaba de menos que alguien velase por mí, que a veces soñaba con dejar de ser fuerte y que la adultez tiene mucho de lucha, hasta cuando va bien. Después cambiamos de tema y aparcamos el coche. Yo llegaba tarde porque había quedado y el no tenía nada en la nevera.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Antonia Romero

Antonia Romero:
Por fin han llegado los días de lluvias.
Eso alimenta la tierra y nos alimenta a nosotras, que también somos tierra. También somos tierras.
Tú eres un prado, una majada, una extensión que la vida no alcanza a acotar. Yo sólo soy un huerto, y ahora casi peor, una tierra en barbecho que descansa a la fuerza. Pero nos da lo mismo.
Las dos nos vamos a dejar crecer.
Nos vamos a llenar de raíces que abracen nuestros órganos centrales.
Tu extensión kilométrica y la pequeña parcela que yo soy, van a tener un sólo pulso.
Eso me hace creer, querida Antonia: las raíces y la tierra y los mismos los latidos ahogados de las profundidades.
Me he despertado pensando en la oscuridad de la tierra mojada y por eso te escribo.
Besos,
O.

lunes, 15 de septiembre de 2014

*

Hace días que soy un crematorio:
Los muertos vienen a hacerse
ceniza en mí.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Piedra

Salgo a andar con una piedra por estómago.
Salgo a andar por una piedra como estómago.
Se vería en una radiografía, mi centro atravesado.
Les diría entonces a los expertos, vean, que lo que me pasa es la piedra, que lo que me pasa es que me ha crecido un cuerpo rocoso dentro de mi cuerpo no rocoso y que se respira mal con una cordillera en las entrañas.
Que ando para provocar un terremoto.
Que ando para  que se erosione el mineral.
Que ando y estoy en el desfiladero de mis propias montañas.

La piedra casi es una sierra que me cruza. Y en la piedra los movimientos son torpes.

Que ando y casi ya mis piernas son también de roca  y mis pisadas son también de roca y que mi aliento es cosa ya rocosa.

Y que por qué salieron estas piedras cordillera, estas cadenas de montañas, rocas en los desfiladeros de mi estómago.
Que por qué el aire es tan plomizo en los senderos que se estrechan.
Que por qué la presión atmosférica en ciertas altitudes, que por qué este mal de altura.
O quizá tan sólo, preguntaría que por qué una piedra por estómago.

jueves, 21 de agosto de 2014

Acento


Escribo con otro acento.
Escribo con otro acento para notar como otras latitudes pueden vivir dentro de mí, cómo soy más lugares que los que soy.

Si escribo con otro acento, soy otra y soy otro lugar.
Padezco y gozo como el espacio de ese acento.
Hago míos el ritmo acentual de sus palabras, que al final es el ritmo de sus días.

A veces escribo con el acento de la noche, que también es diferente y tiene otra cadencia.
No solemos mezclar esas ideas -las horas, los espacios, los acentos- pero todo va configurándonos.

Si hago que mis eses sean largas, me crecen faldones blancos y se me enciende el escote. Dejo de andar y hablo recostada.
Cuando las erres, me inundo del amargor de la cerveza.
Al hablar despacio, se me hace secreta la vida, y sucedo en los callejones que sólo existen al anochecer.

Me pongo otro acento y estiro de mi lengua para que me lleve.

Una vez cambié de acento y me cambié de sexo.
Otra vez, cambié de acento y me cambié de siglo.

Escribo con otro acento y noto el filamento del idioma, su tensión primera, el mundo descubierto en la palabra, los latidos, la cosa elemental.

Mi casa es una esfera con forma de universo.

jueves, 27 de febrero de 2014

Recuerdo


Le cuento de los recuerdos de las vidas no vividas. Le digo que a lo mejor sí sucedió. Que es un recuerdo, que tiene la densidad, la corporalidad de un recuerdo, y no de una ensoñación. Recuerdo mi vida en Nueva York. Recuerdo mi vida en Copenhague. También hay una casa de campo en un campo que no conozco y que está lejos de todo. También está México por las noches; esto lo recuerdo menos porque pasé varias semanas alimentándome de tequila. Estaba intentando estallar o estaba intentado no enamorarme. En Copenhague la luz era la misma que en la siesta de invierno, pero sonaba otra cosa. Pasaba muchas horas sola y en silencio. Hay luego una ciudad centroeuropea donde ha llovido y una pieza de música electrónica que me pinza los nervios pero que me quiere; camino por una calle húmeda. Estoy gris. Luego somos más los que caminamos por la calle húmeda que también es gris y empieza a anochecer. Ellos van dos pasos por delante; cuando se giran a mirarme, sonrío para que no se note lo húmedo o lo gris. Otras veces estoy aquí, sólo estoy aquí; noto que la ciudad pasa fuera y que este es un buen escondite. Y que yo soy un secreto. Me concentro en el sonido del reloj de la cocina.