viernes, 6 de diciembre de 2013

Se me fue la hora

Llevo tiempo sin sentarme aquí. Discúlpenme.
Es que me puse a bailar y se me fue la hora.
Yo notaba que mis palabras querían tirar de mí.
Me lo notaba en los tejidos que no tienen cuerpo.
Pero siempre me tiraban cuando andaba en el coche, o tenía deberes o me estaba yendo deprisa a cualquier otro lado.
Me tiraban las palabras a deshoras.
Y me estaba siendo infiel porque me decía que para qué escribir si no hay nada que decir.
Y era un poco de verdad.
Como también era verdad que no quería quedarme quieta por más de media hora estando despierta y en silencio.
Silencio del de escuchar y silencio del de leer o silencio del de mirar.
Ya saben lo que me digo.

Y hoy, hoy dormí a trozos.
Todos saben que cuando se duerme a trozos se le quedan a una los sueños atravesados por todo el armazón y debe ser cuidadosa entonces:
no moverse fuerte para que los sueños no se le claven mucho;
no moverse rápido para no confundirse demasiado de donde acaba lo que se sueña y lo que no.
Así se está de cuerpo ausente.
Así me estoy, ahora.
Me he recostado en el sillón y otra vez las palabras que me tiraban y me tiraban.
Y me decidí a venir otro ratito.
Pero nada más un ratito.
Y ya. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

ella y yo

*[Esta entrada no es del blog. Esto está aquí pero no es de aquí, pero lo publico aquí porque tampoco sé de dónde es.]

el primer blog que tuve se llamaba laislaolvidada. eso pertenece a mi pasado. lo que pasa es que me salí de mi pasado y ahora ya no pertenezco a él. me parece que la vida que era mía y que vivió eso, un día dejó de ser mía. laislaolvidada estuvo llena de personas y de historias cruzadas. allí tenía veintipocos años y me daba igual salir en cueros al balcón. mi vecina de entonces era una señora muy gruesa que estudiaba para ser forense y dejaba la basura en la puerta. era bastante espesa, así que hacía bien queriéndose dedicar a los muertos. la que yo era entonces me recuerda un poco a mí, pero ella no me conocía o a lo mejor soy yo la que no he prestado atención a la que era. la cuestión es que era osada y de verbo afilado. con los años me he hecho prudente y me he templado el verbo. tengo palabras nuevas y estoy dulcificada. entonces, era una salvaje. eso sí, tanto ella como yo soñamos a menudo con descampados y marismas y matorrales anónimos. a veces me parece que si voy a aquella otra casa, donde vivía yo, seguirá viviendo ella, y al principio no sabremos que decirnos y a lo mejor, hasta nos dé un poco de vergüenza ver lo que somos. o quizá nos gustemos. con estas cosas, nunca se sabe.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Molino de agua


El valle es cuneiforme. Va a dar al mar del mar.

Ya saben: estamos en el sur del sur, donde anochece a las cinco de la madrugada, y donde las fieras pueden gritar todo lo fuerte que quieran porque la tierra se traga sus alaridos y los convierte estramonio. La parra se alarga por toda la espesura de la noche y el tiempo es agua todo rato. Es agua por las cañerías, por los cielos, por las baldosas de toda la casa. Así es el tiempo aquí: el agua en movimiento, en torrente, en estanco.

Gracias al cielo, la mano de dios dejó el valle en paz, así que no hay planta que se resista a ascender, no hay criatura que no se haya balanceado en el vientre materno de la hamaca. A veces lo decimos en la mesa, gracias al cielo, dios dejó el valle en paz. En la mesa siempre se dicen cosas así. De dios, de las palabras, de todas las ficciones en las que nos gusta creer en la sobremesa. Ahí, en las afueras de las horas, se definen las líneas imaginarias del plano de la ciudad que estamos construyendo. Bueno, lo cierto es que no sabemos bien en qué consiste la ciudad, ni ninguno es ingeniero de ciudades, pero lo de las líneas es cierto. Después de comer hacemos líneas imaginarias. Se dicen cosas grandes, hechas para modificar la materia molecular del universo. Pero se dicen casi sin peso, casi como si no se dijesen. Es como si aquí, en el valle dejado de la mano de dios, se trazase el tejido que sustenta el resto del planeta.


lunes, 19 de agosto de 2013

La Papisa


Todos los ramales del mimbre se conmueven, se contraen, cuando se sienta.

Les cuento de la sacerdotisa.
De la papisa.
De la hembra absoluta.
La hembra que contiene todo el cénit solar entre sus muslos.
Su gravedad, su proceder denso y contenido.
Una manera de acumular el espacio en cinco pasos.
Una determinada forma de sentarse sobre una butaca de mimbre. Sobre una simple butaca de mimbre.

Ni siquiera habla demasiado.

Contiene el último poder, la mirada que queda detrás de la mirada. Descubre todos esos deseos mal cauterizados que residen en ti y los hace hervir o los hace volar o los revienta.

Les diré de la papisa.
No de su piel, ni de su forma, ni de su brillo.
Les diré de su totalidad, de su dimensión abrumadora.
De lo que le hace al infinito.
De lo que hay de último y de inicio en cómo muerde, por ejemplo, una manzana.





[Texto elaborado para el ejercicio de interpretación creativa a partir de las cartas del tarot de www.taratela.com]



jueves, 4 de julio de 2013

Lo que debe ser


Te juro que hago todo lo posible para que no lo veáis.

Pero esa tarde estaba con la guardia baja y teníamos que caminar tres o cuatro manzanas atestadas de gentes rebajadas en julio. Y aunque lo intentase, ya estaba en la alucinación y tú no caminabas a mi izquierda; estaba tu voz que hacía todo lo posible por ser un contrapeso. Y yo te decía eso de que no pasaba nada, que nosotras teníamos la sangre enferma y que éramos supervivientes de la locura, que blandíamos el germen de la locura en nuestros cromosomas y que así debíamos vivir, así habíamos aprendido a vivir, al menos.

Voy a ordenar todo esto, P. Voy a justificarme. Quiero hacerlo. Creo que ahora sí sé lo que estoy diciendo. Lo he pensado durante tres días para estar más segura.

Ese día no, P. Ese día estaba fuera. Perdón, estaba dentro. Es decir, que no estaba contigo en esas cuatro manzanas. Si vinieron a mí tus palabras. Recuerdo lo que me contaste porque te vi cuando eras niña, ya con tu carne de naranjo en verano, y mirabas tu propia historia y se te abrían los ojos. Yo sentí que tú me hablabas desde los diez años (todo esto me lo he inventado, pero era así como yo le daba forma cuando tú me lo hablabas); venías de la piscina y tenías el pelo enredado. Te envolvías en la toalla y entrabas a tu casa. Y mirabas todo aquello que era tu secreto con esa misma cara que me estás poniendo a mí, de entre compasión y ternura y un poco de pesar.

En fin, P, que ese es tu secreto, pero que sí que te escuché, y que yo tenía que haberme callado y no pude, porque no estaba allí, sino que estaba en mí, en mi alucinación.

Hago todo lo posible para que no se me note, pero esa tarde pasó. Hago todo lo posible para que el monólogo esté encubierto. He necesitado largas horas de espejo. Transformaciones apenas apreciables que han ido modificando mi rostro hasta ser lo que debía ser. Para crear el espacio preciso, una distancia de más de un palmo que mediara entre el afuera y el monólogo.

El monólogo corrupto. El monólogo que devora todo, que me lleva tan dentro de mí que casi me extingo. Y que me engatusa, joder, que me pierde. Si no fuese por el monólogo, - enfermo, tórrido, violento, vaginal, medular, viviente - ya me habría podrido de lo que debe ser. Esto es así, P, bonita, me da todo bastante asco. Yo a mí misma me doy mucho asco. No puedo escribir la mitad de mis pensamientos rumiados. No me dejo. Saco una especie de regla y me golpeo: no, no, no. Así que,  sí, casi todo pasa de puertas para adentro. Cuando rumio. Cuando comienza esta columnata de ideas ascendentes y descendentes que me turban y me desposeen. Te juro que hago todo lo posible para que no lo veáis, pero me pillaste con la guardia baja y había cuatro manzanas con calor y gente.   

lunes, 10 de junio de 2013

El tacto del limo

Yo vi cómo me miró G. y no quise hacerle ningún caso. Vi cómo me miró a cien kilómetros de distancia. Y cómo cada vez que yo pronunciaba palabra, él me miraba desde más lejos, y desde más lejos, y mientras me cogía de la cintura, porque hay cosas que un hombre, un hombre como G, un hombre cualquiera, un hombre y todos los hombres, no pueden dejar de hacer. Ahora ya no sé si lo que hacía era sostenerme la cintura y calibrar como se hacía líquido y se acoplaba a su mano o si sólo me acariciaba un hombro, con temor, con ansia viva y con temor. Yo vi cómo me miró G y cómo al otro lado de sus ojos me hablaba  flojito y me decía chiquita qué haces aquí bailando en el borde del desfiladero, porque sé que dijo desfiladero, de eso estoy segura, y yo hablaba sin parar para no acordarme de nada por los siglos de los siglos, y a G le crecía una pena redonda y colorada como un sol primero y no se movía pero quería empujarme a que me fuese de una vez o se pondría a llorar por mí y las demás niñas que creen que no pueden tropezarse jamás. Y otra vez, otra vez también vi cómo me miró S con la misma pena que G pero con mucha más rabia. Yo vi cómo me miró S y se me quedó callado, bien separado, a tres metros, a cinco metros, a ocho metros. Y tampoco me dijo nada, porque se le veía que tenía una cosa atragantada en la boca del estómago, que ya no sé si era la cuerda de cáñamo sobre la que yo me volteaba o era cualquier otro pesar, así que no me dijo nada, pero se veía bien que cuando me miraba me hablaba, con su voz de señor que ha encallado en muchos puertos y busca una navegación serena de una vez, y entonces me decía no te voy a tocar, así, hembra o pozo negro, no te voy a tocar. Y también que a qué mierda juegas. Y lo decía muy serio, aunque no hablase. Me miraba muy serio, con pena y con rabia y con dolor y me parecía que decía algo de que por qué tanta luz y por qué tanta sombra. Pero yo no le escuché. No le quise escuchar a S. Como no le quise escuchar a G.