Cada mañana
me extirpo de mí a mí.
Por eso voy dando tumbos.
¿Cómo no?
No sé quién seré
de aquí a dos meses.
Mis versiones precedentes
siguieron su rumbo.
No sé dónde paran,
qué habrá sido de ellas.
Me gusta pensar que todas
quedaremos obsoletas.
lunes, 3 de diciembre de 2012
lunes, 12 de noviembre de 2012
Fuera
Estábamos en el dormitorio. Estaba oscureciendo.
Podían ser las siete de la tarde o podían ser las nueve,
o fuera,
quizá, tal vez,
el mundo había desaparecido.
Fumábamos desnudos dentro de la cama
y a mí me parecía que de tanto sentir,
se me iba a partir algo:
el corazón o los neurotransmisores
o cualquier forma de quietud
que me quedase.
De manera que le acariciaba la esquina del hombro,
las desembocaduras de los brazos,
el perfil del rostro que me daba,
haciendo que mis dedos fuesen
el sonido itinerante
que me concedía el lujo
de no romperme.
Podían ser las siete de la tarde o podían ser las nueve,
o fuera,
quizá, tal vez,
el mundo había desaparecido.
Fumábamos desnudos dentro de la cama
y a mí me parecía que de tanto sentir,
se me iba a partir algo:
el corazón o los neurotransmisores
o cualquier forma de quietud
que me quedase.
De manera que le acariciaba la esquina del hombro,
las desembocaduras de los brazos,
el perfil del rostro que me daba,
haciendo que mis dedos fuesen
el sonido itinerante
que me concedía el lujo
de no romperme.
domingo, 28 de octubre de 2012
El loco
Este camino invertebrado tiene forma de pantano. Tiene forma
de infinito. Camino y soy los matojos que me arañan, y camino y me crece encima
el aroma de la periferia. Mi ciudad, mi casa, las afueras.
A veces me dejo caer sobre la tierra: soy la caja de
resonancia de su latido. Me explica que las montañas son mujeres tendidas y
encrespadas. Vaya, le digo. Y me reverbera dentro. Entonces caigo dormido, ya
he hecho suficiente por hoy.
En otros a veces dibujo las líneas maestras de mi dormitorio
sobre la tierra – todos esos ellos están tan lejos- y tengo una cama y tengo un
pupitre y tengo una silla y un armario y un arcón. Es muy importante tener un
arcón. En él guardo los tesoros: piedras triangulares, azulejos rotos. En mi
dormitorio dibujado hay un espejo y una pila. Hago como si tuviese una rutina:
me lavo los dientes, me lavo la cara, reflexiono sentado sobre la cama… son mis
mejores formas de higiene.
Pero no, en otros a veces no, en otros a veces corro o hablo
o escupo. Me siento en una ladera y miro de lejos el perfil de la ciudad y los
restos que tienen las luces de los ellos. Se podría decir que están ardiendo.
Se podría decir que también están fuera aunque estén dentro. Qué complicado.
Respiro y vuelvo a dormirme. Ya he hecho suficiente por hoy.
(Texto escrito para un proyecto de escritura ideado por Laura Boj www.taratela.com)
sábado, 22 de septiembre de 2012
Casi todas las veces
Huyo hacia la noche. Desde la luz hacia la noche, por la carretera, para escarbar la oscuridad que ocultan las montañas rojas de lenguas rojas y brechas rojas, donde el auxilio tiene forma de postes de la luz y cables infinitos que vertebran las demás colinas que se nos escapan.
Así que, huyo hacia la noche, sacándome de mí, abriendo las costuras del duermevela. Unas horas antes, cuando el destemple, una voz de rigor baboso se me ha posado en la espalda y ha ascendido hasta el cuello. Me he quedado en el pavor y en el asco y en la excitación y en la electricidad, hasta que se ha desvanecido y he intentado entender qué hacía mi cuerpo con todo eso. Y también he intentado entender si hacía frío o hacía calor.
Pero eso fue unas horas antes de unas horas después, cuando salgo a la intemperie y digo en voz alta "intemperie" y también me digo que la noche no sería una tragedia si permaneciese así, callada, y si yo no corriese o si yo fuese inmune. Entonces subo al coche, y huyo hacia la noche y creo, creo intensamente, que podría partirme o que podría caérseme el día encima, incluso podría salírseme el día desde dentro, pero corro hacia la noche, otra vez, casi todas las veces.
Así que, huyo hacia la noche, sacándome de mí, abriendo las costuras del duermevela. Unas horas antes, cuando el destemple, una voz de rigor baboso se me ha posado en la espalda y ha ascendido hasta el cuello. Me he quedado en el pavor y en el asco y en la excitación y en la electricidad, hasta que se ha desvanecido y he intentado entender qué hacía mi cuerpo con todo eso. Y también he intentado entender si hacía frío o hacía calor.
Pero eso fue unas horas antes de unas horas después, cuando salgo a la intemperie y digo en voz alta "intemperie" y también me digo que la noche no sería una tragedia si permaneciese así, callada, y si yo no corriese o si yo fuese inmune. Entonces subo al coche, y huyo hacia la noche y creo, creo intensamente, que podría partirme o que podría caérseme el día encima, incluso podría salírseme el día desde dentro, pero corro hacia la noche, otra vez, casi todas las veces.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Dentro del organismo
Los herpes perviven dentro del organismo. De vez en cuando, vete tú a saber por qué, rebrotan y se ponen a arder por varios días.
J. pervive dentro de mi organismo. Con las ventiscas, las lluvias de rocas o los puñados de arena, el cloro, la sal, la hierba fresca, todo el sexo con alas, septiembre, la intuición de septiembre, la muerte siempre... entonces, digo, con todas esas cosas y más, J, que vive residual en mi organismo, rebrota y se me hace cuerpo.
[Como los herpes,
como los fuegos,
su recuerdo es
una quemazón que intento bordear con
el ápice de la lengua].
Hace como once vidas que creí que me había curado de este molesto herpes que aparece justo en el centro de mi labio superior, que justito me enferma la raíz de los besos y proclama o el comienzo de un ciclo o la precariedad de las estancias o alguna pena que me ha mordido el hígado. A veces me vienen las penas como puñaditos de aves lanzadas y níveas. Me vienen las penas y me vienen los fuegos y me viene septiembre y me vienen los muertos. Entonces, J., allí, más allá de once vidas atrás, con la forma convulsa de las cartas y de todas fugas.
Y al cabo de unos siete días, aproximadamente, se me duerme otra vez.
J. pervive dentro de mi organismo. Con las ventiscas, las lluvias de rocas o los puñados de arena, el cloro, la sal, la hierba fresca, todo el sexo con alas, septiembre, la intuición de septiembre, la muerte siempre... entonces, digo, con todas esas cosas y más, J, que vive residual en mi organismo, rebrota y se me hace cuerpo.
[Como los herpes,
como los fuegos,
su recuerdo es
una quemazón que intento bordear con
el ápice de la lengua].
Hace como once vidas que creí que me había curado de este molesto herpes que aparece justo en el centro de mi labio superior, que justito me enferma la raíz de los besos y proclama o el comienzo de un ciclo o la precariedad de las estancias o alguna pena que me ha mordido el hígado. A veces me vienen las penas como puñaditos de aves lanzadas y níveas. Me vienen las penas y me vienen los fuegos y me viene septiembre y me vienen los muertos. Entonces, J., allí, más allá de once vidas atrás, con la forma convulsa de las cartas y de todas fugas.
Y al cabo de unos siete días, aproximadamente, se me duerme otra vez.
lunes, 6 de agosto de 2012
Esta es la mitad de la circunferencia
Estoy seca de verbo. El verano me estría la palabra. Sólo hago acopio de soles para cuando vengan los domingos de diciembre y enero. Y puede que febrero.
Mientras y ahora, cada dos o tres días, me abandono - siempre de noche- y las palabras vivifican los fuegos. Después dejo que se escapen, que caigan en la arena, que pierdan cualquier asidero.
Es toda una opereta del exceso y es un cuerpo orquestado para la desmesura. Y está bien. Es que, yo no tengo culpa -mis padres así lo procuraron- ni sé si la de ayer fui yo. Sí sé que tengo la palabra seca de agosto y que en las noches el habla se me escurre y quedamos las dos derramadas de liviandad y risas.
Mientras y ahora, cada dos o tres días, me abandono - siempre de noche- y las palabras vivifican los fuegos. Después dejo que se escapen, que caigan en la arena, que pierdan cualquier asidero.
Es toda una opereta del exceso y es un cuerpo orquestado para la desmesura. Y está bien. Es que, yo no tengo culpa -mis padres así lo procuraron- ni sé si la de ayer fui yo. Sí sé que tengo la palabra seca de agosto y que en las noches el habla se me escurre y quedamos las dos derramadas de liviandad y risas.
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