No puedo fotografiar esto que pasa. Ni siquiera sé darle un nombre exacto. Hablo de la bruma primera del día, donde la forma aún no resulta definitiva, y queda una especie de musitar que acaba de abandonar la noche. Ese musitar pequeño no puede ser retratado plenamente más que como una marisma de luz y de tactos.
Y más ahora. Y más hoy.
El azul no es azul, y el sol no es sol. Todo ocurrirá como sucede cada día, y el azul será azul, y el sol será sol, pero aquí, en esta bruma, de aves y bostezos, todo está por realizarse.
Y así, es un poco imposible de detener en un retrato, porque se va filtrando con los hechos.
Y así, también, es un poco perfecto.
sábado, 14 de mayo de 2011
jueves, 12 de mayo de 2011
Naderías
En la entrada de mi casa, crece una humedad. Unos pasos más allá, una grieta. Los objetos hablan un curioso lenguaje de metáforas y símbolos. La grieta es el descampado de mis sueños que florece en primavera, salvaje, zafio, incapaz de ser domesticado. Me gusta esa grieta de luz que viene con marzo y los soles templados; esa grieta que me hace volver a la turgencia, a cuando no interpretábamos ni los gestos, ni las palabras, ni a nosotros mismos. Y luego está la humedad. Que será reparada. Que será solventada. Pronto, sí. Pero que recorre los días desconchando la pintura y la forma. Que es también un poco llaga cubierta de nube o de algodón. Y que es incómoda. Y por eso me gusta. Porque está viva y grita y parece que hasta tiene sabor.
domingo, 8 de mayo de 2011
Sabidurías
Sé pocas cosas.
Casi todo lo importante que conozco, sucedió antes de los quince años. Antes incluso de los diez.
Hablo, por ejemplo, de los tejidos y del tacto. De la epidermis abierta al sol y la chaqueta que te cubre cuando comienza a caer la tarde. Hablo de las sandalias y de quién sabe qué corrientes te transitan los pies. O de los pijamas que te amasan las articulaciones. Hablo de eso. De los cuerpos vivificados al saberse siendo.
Sé alguna cosa más. Sé de vasos de agua. Sé que hay acordes pensados para la nostalgia. Tengo vagas nociones de los afectos. Y alguna cosa más. Poca cosa más.
Casi todo lo importante que conozco, sucedió antes de los quince años. Antes incluso de los diez.
Hablo, por ejemplo, de los tejidos y del tacto. De la epidermis abierta al sol y la chaqueta que te cubre cuando comienza a caer la tarde. Hablo de las sandalias y de quién sabe qué corrientes te transitan los pies. O de los pijamas que te amasan las articulaciones. Hablo de eso. De los cuerpos vivificados al saberse siendo.
Sé alguna cosa más. Sé de vasos de agua. Sé que hay acordes pensados para la nostalgia. Tengo vagas nociones de los afectos. Y alguna cosa más. Poca cosa más.
sábado, 7 de mayo de 2011
Silencio
No sé qué hora es, ni me apetece saberlo.
Si conocieses el silencio de esta casa, sabrías de esa textura emotiva de las camisetas cien por cien de algodón de que te hablo. Esa textura que es un viaje a los abriles de los ocho años, y a esos colores absolutos.
Y es que este silencio, no es sólo mansedumbre. Ocurre en ocasiones que una ristra de gorriones saluda al día desde la baranda; otras veces, los vecinos hacen de sus vidas sonidos. Muchas veces se escucha el susurro de la materia. Sus entrañas. Las tuyas propias. Eso, silencio y materia. Y tú, ahí, deleitada, serena. Víctima del tránsito de la luz y de los tiempos, microscópica y eterna.
¿Puedes entender este silencio vivo? ¿Esa paz, que no es paz, sino más bien sólo una pausa? ¿Esos segundos robados al vértigo de la vida moderna y su motor petróleo?
De eso se trata.
Una mañana imprecisa y sin hora, cielo nácar, despertarás a este silencio de curvas y pasiones pequeñas, y comprenderás mejor mi manera de susurrarte la mano por la espalda.
Si conocieses el silencio de esta casa, sabrías de esa textura emotiva de las camisetas cien por cien de algodón de que te hablo. Esa textura que es un viaje a los abriles de los ocho años, y a esos colores absolutos.
Y es que este silencio, no es sólo mansedumbre. Ocurre en ocasiones que una ristra de gorriones saluda al día desde la baranda; otras veces, los vecinos hacen de sus vidas sonidos. Muchas veces se escucha el susurro de la materia. Sus entrañas. Las tuyas propias. Eso, silencio y materia. Y tú, ahí, deleitada, serena. Víctima del tránsito de la luz y de los tiempos, microscópica y eterna.
¿Puedes entender este silencio vivo? ¿Esa paz, que no es paz, sino más bien sólo una pausa? ¿Esos segundos robados al vértigo de la vida moderna y su motor petróleo?
De eso se trata.
Una mañana imprecisa y sin hora, cielo nácar, despertarás a este silencio de curvas y pasiones pequeñas, y comprenderás mejor mi manera de susurrarte la mano por la espalda.
jueves, 5 de mayo de 2011
No sé, quizá fue mayo. Quizá sólo el amarillo.
Invento cosas con la precaución de que no sirvan para nada. Situaciones, diálogos. Construyo palabras de morfemas imposibles y dejo que me envista el juego. Así es más fácil, cuando la proclama es lo inservible, cuando el reclamo es fútil. Nada se puede esperar, y sin embargo, todo.
Por ejemplo, te recoges la nuca en una cola para que mayo te entre por el cuello. Vas a amarte, porque es mayo, porque estás enferma de mayo y de su cólera azul, y de su sol y azufre. En el coche aprendes que la rumba nace de una región calamitosa, que te sale de dentro, y electrocuta. Te dejas ceder a la sordidez del ritmo. Llegas, y una multitud sin individuos, se mueve blandamente. Te sientas y eres la señora negramente vestida, que mira desde el banco. Aparece él. Él, que mira viejamente, como siempre, sí. Mira vieja, sórdidamente. Y hoy da igual. He visto en las mimosas, mi piel encarnizada. En las mimosas, sus ojos y su verbo, amarillo y caliente. "Hazlo ya", le ordeno. Él saca de una bolsa marrón su cámara de retratar muchachas, los jueves a la una. Me descubro el hombro, y vuelo a soltar el pelo. Mientras miro, el infinito, sus mimosas y mayo, suena el click.
No era tan difícil.
Por ejemplo, te recoges la nuca en una cola para que mayo te entre por el cuello. Vas a amarte, porque es mayo, porque estás enferma de mayo y de su cólera azul, y de su sol y azufre. En el coche aprendes que la rumba nace de una región calamitosa, que te sale de dentro, y electrocuta. Te dejas ceder a la sordidez del ritmo. Llegas, y una multitud sin individuos, se mueve blandamente. Te sientas y eres la señora negramente vestida, que mira desde el banco. Aparece él. Él, que mira viejamente, como siempre, sí. Mira vieja, sórdidamente. Y hoy da igual. He visto en las mimosas, mi piel encarnizada. En las mimosas, sus ojos y su verbo, amarillo y caliente. "Hazlo ya", le ordeno. Él saca de una bolsa marrón su cámara de retratar muchachas, los jueves a la una. Me descubro el hombro, y vuelo a soltar el pelo. Mientras miro, el infinito, sus mimosas y mayo, suena el click.
No era tan difícil.
domingo, 1 de mayo de 2011
Partirse. Humedad.
No pasa nada por partirse un poco.
De vez en cuando ocurre. Te partes.
Sabes que algo (un hecho, una persona, un suceso absolutamente intrascendente para el devenir de la historia) se ha quebrado dentro de ti, en una especie de habitáculo de cristal donde se acumulan nostalgias y emociones y miserias y sueños, propios, ajenos, aprendidos, inventados. Ese pequeño habitáculo se disecciona.
La reacción física es de encogimiento: los órganos se aprietan. Tú te aprietas. Realizas un viaje en el tiempo que te hace anhelar la sensación de seguridad que podían darte tus padres sólo con un abrazo. Cuanto más hablas, es peor, porque no son cosas de hablar. No son cosas de ordenar con sujeto-verbo-objeto. Te estás partiendo y sólo vale el balbuceo y el lenguaje emocional, el lenguaje que trasciende el orden, que reinventa el orden para poder decir, lo que si dices ordinariamente, ofendes.
Por eso, te partes. No pasa nada. Sólo era ese pequeño habitáculo que sangra un poco de agua, o de lloro. Es la miseria de siempre. La conoces. Sabes su olor. No pasa nada por partirse un poco. O tal vez sí, porque ya son muchas las veces y cansa y se hace tedioso. De partirse tanto, puede una terminar convirtiendo su ironía en cinismo, y morirse de asco.
No, pero eso no va a pasar. Las gentes no mueren de asco. Se parten y se recogen. Quedan trizas. Quedan las humedades que dejan los líquidos o los lloros. Las humedades de partirse. Todos conocemos ese olor. Sí. Terminas oliendo como los disfraces del baúl cuando los recuperasteis en aquella inundación. Tú olerás así, con los años. Olerás a la humedad filtrada de algo que se ha roto, se ha limpiado, pero ha permanecido como partícula adherido a tus interioridades sin nombre, a tus habitáculos de cristal, que de vez en cuando, se parten.
De vez en cuando ocurre. Te partes.
Sabes que algo (un hecho, una persona, un suceso absolutamente intrascendente para el devenir de la historia) se ha quebrado dentro de ti, en una especie de habitáculo de cristal donde se acumulan nostalgias y emociones y miserias y sueños, propios, ajenos, aprendidos, inventados. Ese pequeño habitáculo se disecciona.
La reacción física es de encogimiento: los órganos se aprietan. Tú te aprietas. Realizas un viaje en el tiempo que te hace anhelar la sensación de seguridad que podían darte tus padres sólo con un abrazo. Cuanto más hablas, es peor, porque no son cosas de hablar. No son cosas de ordenar con sujeto-verbo-objeto. Te estás partiendo y sólo vale el balbuceo y el lenguaje emocional, el lenguaje que trasciende el orden, que reinventa el orden para poder decir, lo que si dices ordinariamente, ofendes.
Por eso, te partes. No pasa nada. Sólo era ese pequeño habitáculo que sangra un poco de agua, o de lloro. Es la miseria de siempre. La conoces. Sabes su olor. No pasa nada por partirse un poco. O tal vez sí, porque ya son muchas las veces y cansa y se hace tedioso. De partirse tanto, puede una terminar convirtiendo su ironía en cinismo, y morirse de asco.
No, pero eso no va a pasar. Las gentes no mueren de asco. Se parten y se recogen. Quedan trizas. Quedan las humedades que dejan los líquidos o los lloros. Las humedades de partirse. Todos conocemos ese olor. Sí. Terminas oliendo como los disfraces del baúl cuando los recuperasteis en aquella inundación. Tú olerás así, con los años. Olerás a la humedad filtrada de algo que se ha roto, se ha limpiado, pero ha permanecido como partícula adherido a tus interioridades sin nombre, a tus habitáculos de cristal, que de vez en cuando, se parten.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)