domingo, 8 de mayo de 2011

Sabidurías

Sé pocas cosas.
Casi todo lo importante que conozco, sucedió antes de los quince años. Antes incluso de los diez.

Hablo, por ejemplo, de los tejidos y del tacto. De la epidermis abierta al sol y la chaqueta que te cubre cuando comienza a caer la tarde. Hablo de las sandalias y de quién sabe qué corrientes te transitan los pies. O de los pijamas que te amasan las articulaciones. Hablo de eso. De los cuerpos vivificados al saberse siendo.

Sé alguna cosa más. Sé de vasos de agua. Sé que hay acordes pensados para la nostalgia. Tengo vagas nociones de los afectos. Y alguna cosa más. Poca cosa más.

sábado, 7 de mayo de 2011

Silencio

No sé qué hora es, ni me apetece saberlo.
Si conocieses el silencio de esta casa, sabrías de esa textura emotiva de las camisetas cien por cien de algodón de que te hablo. Esa textura que es un viaje a los abriles de los ocho años, y a esos colores absolutos.
Y es que este silencio, no es sólo mansedumbre. Ocurre en ocasiones que una ristra de gorriones saluda al día desde la baranda; otras veces, los vecinos hacen de sus vidas sonidos. Muchas veces se escucha el susurro de la materia. Sus entrañas. Las tuyas propias. Eso, silencio y materia. Y tú, ahí, deleitada, serena. Víctima del tránsito de la luz y de los tiempos, microscópica y eterna.
¿Puedes entender este silencio vivo? ¿Esa paz, que no es paz, sino más bien sólo una pausa? ¿Esos segundos robados al vértigo de la vida moderna y su motor petróleo?
De eso se trata.
Una mañana imprecisa y sin hora, cielo nácar, despertarás a este silencio de curvas y pasiones pequeñas, y comprenderás mejor mi manera de susurrarte la mano por la espalda.

jueves, 5 de mayo de 2011

No sé, quizá fue mayo. Quizá sólo el amarillo.

Invento cosas con la precaución de que no sirvan para nada. Situaciones, diálogos. Construyo palabras de morfemas imposibles y dejo que me envista el juego. Así es más fácil, cuando la proclama es lo inservible, cuando el reclamo es fútil. Nada se puede esperar, y sin embargo, todo.

Por ejemplo, te recoges la nuca en una cola para que mayo te entre por el cuello. Vas a amarte, porque es mayo, porque estás enferma de mayo y de su cólera azul, y de su sol y azufre. En el coche aprendes que la rumba nace de una región calamitosa, que te sale de dentro, y electrocuta. Te dejas ceder a la sordidez del ritmo. Llegas, y una multitud sin individuos, se mueve blandamente. Te sientas y eres la señora negramente vestida, que mira desde el banco. Aparece él. Él, que mira viejamente, como siempre, sí. Mira vieja, sórdidamente. Y hoy da igual. He visto en las mimosas, mi piel encarnizada. En las mimosas, sus ojos y su verbo, amarillo y caliente. "Hazlo ya", le ordeno. Él saca de una bolsa marrón su cámara de retratar muchachas, los jueves a la una. Me descubro el hombro, y vuelo a soltar el pelo. Mientras miro, el infinito, sus mimosas y mayo, suena el click.
No era tan difícil.

domingo, 1 de mayo de 2011

Partirse. Humedad.

No pasa nada por partirse un poco.
De vez en cuando ocurre. Te partes.
Sabes que algo (un hecho, una persona, un suceso absolutamente intrascendente para el devenir de la historia) se ha quebrado dentro de ti, en una especie de habitáculo de cristal donde se acumulan nostalgias y emociones y miserias y sueños, propios, ajenos, aprendidos, inventados. Ese pequeño habitáculo se disecciona.
La reacción física es de encogimiento: los órganos se aprietan. Tú te aprietas. Realizas un viaje en el tiempo que te hace anhelar la sensación de seguridad que podían darte tus padres sólo con un abrazo. Cuanto más hablas, es peor, porque no son cosas de hablar. No son cosas de ordenar con sujeto-verbo-objeto. Te estás partiendo y sólo vale el balbuceo y el lenguaje emocional, el lenguaje que trasciende el orden, que reinventa el orden para poder decir, lo que si dices ordinariamente, ofendes.
Por eso, te partes. No pasa nada. Sólo era ese pequeño habitáculo que sangra un poco de agua, o de lloro. Es la miseria de siempre. La conoces. Sabes su olor. No pasa nada por partirse un poco. O tal vez sí, porque ya son muchas las veces y cansa y se hace tedioso. De partirse tanto, puede una terminar convirtiendo su ironía en cinismo, y morirse de asco.
No, pero eso no va a pasar. Las gentes no mueren de asco. Se parten y se recogen. Quedan trizas. Quedan las humedades que dejan los líquidos o los lloros. Las humedades de partirse. Todos conocemos ese olor. Sí. Terminas oliendo como los disfraces del baúl cuando los recuperasteis en aquella inundación. Tú olerás así, con los años. Olerás a la humedad filtrada de algo que se ha roto, se ha limpiado, pero ha permanecido como partícula adherido a tus interioridades sin nombre, a tus habitáculos de cristal, que de vez en cuando, se parten.

sábado, 30 de abril de 2011

Restos de un sueño, narrativizado

Una fisura ha filtrado retazos de los sueños de ayer noche.
Era México o cualquier país de calles de tierra y polvo. Ocurría de noche, en un suburbio, entre callejones oscuros y casas inacabadas. Caminaba. Caminaba deprisa. No iba sola, creo que tenía un niño en brazos que era algo mío: hermano, sobrino, hijo. No lo recuerdo, pero me asustaba: debía protegerlo y yo no era capaz de protegerme a mí misma. Recorría callejas y subía escalones sin baranda, y aparecía en una encrucijada. En todo el camino había ojos que me observaban, que miraban agazapados en la sombra. Intuían mi miedo, como yo sabía el suyo. Todos éramos animales acobardados en la noche. Pero había llegado a la encrucijada con más polvos y sombras, y matorrales secos. Había una pareja de hombres uniformados. Yo desconfiaba de ellos, pero se acercaron y me preguntaron dónde iba. Les explicaba no sé bien qué. Hablaba y me esforzaba en no ser yo: se podía ver que necesitaba ayuda, pero mi vulnerabilidad debía disimularla. Bromeaban y me indicaban el destino que debía coger. Les daba las gracias. Sonreía. Les volvía a dar las gracias. Decía algo así como que era de fuera, gracias, no conozco bien esto, gracias. Me dirigía hacia allí. Ellos permanecían mirándome. Poco a poco, sólo eran ojos, lejanos, que observaban.

lunes, 18 de abril de 2011

Hotel de papel

Dormir en un hotel de papel. Un hotel de tránsito. Vacío. Lleno de una enorme NO-personalidad. Cuadros desgastados en oferta. Gentes más de paso que las gentes de paso. Dormir en ese hotel de conglomerado y colcha endurecida. No está sucio, sin embargo, todo parece turbio, como pasado por un filtro de cuarenta años atrás, pero desprovisto del encanto vintage. Es turbador.
Pues bien. Dormir allí. Fantasear con dormir allí mientras recorres la autovía. Gozar la fantasía de un anonimato anodino y denso. Un anonimato algo culpable. Casi de mal gusto.